10 diciembre 2017

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«ALLANAD LOS SENDEROS»

 

 

 

Seguimos en Adviento, en actitud de esperanza, trabajando interiormente la certeza de que Dios está con nosotros. Eso es lo que verdaderamente queremos vivir en la Navidad. Hoy la Palabra de Dios nos señala un compromiso: es importante preparar un camino al Señor. También hay una llamada: allanad los senderos. Y finalmente, la meta: un cielo nuevo y una tierra nueva.

 

El compromiso nos viene desde la figura de Juan, el Bautista, que nos llama a la conversión desde el desierto. Para Israel el desierto les recuerda el camino de la liberación de la esclavitud de Egipto. Juan Bautista sigue llamando a la conversión, la misma que necesitamos hoy.

 

¿Qué mejor conversión que hacer lo posible para que «los valles se levanten, los montes y colinas se abajen, lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale»? Esta llamada a la conversión exige un trabajo, personal y comunitario, para transformar nuestras vidas, para que seamos un signo visible de que Dios está con nosotros, de que Navidad es que Dios, un día, vino a compartir nuestra vida, vino a nacer entre nosotros, y desde entonces, no se ha ido, está a nuestro lado, nos acompaña. Pero hay obstáculos, caminos torcidos y escabrosos, que nos dificultan verle. Por eso la llamada a la conversión, al trabajo, al compromiso personal y como comunidad cristiana: «en el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios».

 

La esperanza a la que estamos llamados, la actitud de conversión, el trabajo serio por allanar los caminos de nuestra vida y de nuestras comunidades, tienen una meta concreta: «esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia». A pesar de todo, en el desierto mantenemos la utopía. No nos resignamos a que las cosas se queden como están, a que perdamos nuestros valores, nuestras creencias, nuestra fe y nuestra esperanza. Dios nos sigue llamando a trabajar, a allanar, a convertirnos, a enderezar, a esperar contra toda esperanza, a dar segundas oportunidades, como Él lo hace. Por eso nuestro grito: ¡Ven, Señor Jesús! Ven a nuestras vidas, a nuestras familias, a nuestros grupos, a nuestras comunidades.

 

Finalmente, usando las palabras con la que termina la Carta de san Pedro, «mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables». Que el adviento nos ayude a revisar nuestra vida, a hacer examen de conciencia y allanar los obstáculos que hay en nuestro corazón. Que la Eucaristía de este domingo nos fortalezca en la confianza de que Dios está con nosotros, para que no desfallezcamos en el desierto, para que sigamos creyendo en un cielo nuevo y una tierra nueva.

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