12 febrero 2017

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«PERO YO OS DIGO»

La primera bendición del hombre es el don de la felicidad, la dicha que todos buscamos, a veces por caminos tortuosos. Y la Palabra de Dios sale a nuestro encuentro en este camino de búsqueda: «Ante los hombres está la vida y la muerte», nos dice hoy el libro del Eclesiástico, retomando un tema ya presente en el Deuteronomio, esto es, la libertad de elección que Dios ha concedido a su criatura.

Pero esta libertad no significa que sea indiferente la opción que el hombre pueda hacer; la libertad del hombre es una libertad orientada hacia la voluntad de Dios, porque solamente adhiriendo su voluntad a la de Dios puede el hombre alcanzar, en definitiva, la perfecta dicha y bienaventuranza: no se nos dice «dichoso el que camina en su propia voluntad», sino «dichoso el que camina en la voluntad del Señor».

Y la voluntad de Dios es que el hombre viva, en un triple encuentro: encuentro consigo mismo, encuentro con los demás y encuentro con Dios. Estos tres ámbitos de encuentro son indisociables: yo seré yo mismo solamente cuando sepa ser yo con los demás y con Dios; yo mantendré una relación de fraternidad con los demás solamente cuando viva pacificado conmigo mismo y en adoración del Señor Dios; y, en fin, mi condición de hijo de Dios solamente es verdadera y plena cuando la vivo en comunidad con los demás y reconciliado con mi ser yo.

En el Antiguo Testamento, esta voluntad de Dios se había cristalizado en la Ley: al principio, la Ley fue un instrumento de libertad, una garantía de la cercanía de Dios. Pero esa Ley misma se había ido convirtiendo, con el pasar del tiempo, en un yugo insoportable, atento más a los detalles que al centro, esto es, a las formas que a la búsqueda sincera de la voluntad de Dios.

Por eso Jesús no pretende abolir la Ley, sino restituirla a su sentido originario, hacer de ella un camino del encuentro con Dios, con el prójimo y consigo mismo. Los detalles, las prescripciones minuciosas, las pequeñas normativas concretas pierden valor frente al «espíritu de la Ley», que, para Jesús, se reduce al mandamiento único: amor a Dios y amor al prójimo, como única fuente de felicidad.


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