12 junio 2016

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TE LLAMA POR TU NOMBRE

La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a considerar el propio pecado a luz de la misericordia y el perdón de Dios.

En la primera lectura, escuchamos el final del relato del pecado de David. A éste le parecía que, mientras su delito no saliera a la luz, era como si no hubiera pasado prácticamente nada malo. Dios envía al profeta Natán para denunciar el crimen de su rey y mostrar que Dios no era impasible al sufrimiento del inocente. David reconoce su culpa, pide perdón y Dios perdona a su siervo. En ese sentido, también hoy hemos de darnos cuenta de que cuando vivimos en la inconsciencia, cuando nuestro corazón se vuelve indiferente, cuando perdemos de vista el alcance del daño que podemos hacer… nos cerramos al perdón y a la vida de Dios, porque de suyo el amor no tiene cabida en un corazón inconsciente y egoísta. Si Dios delata nuestras miserias, es para convocarnos a su amor.

En el Evangelio, vemos cómo Jesús acoge a la pecadora y perdona sus muchos pecados, porque ha amado mucho. La escena tiene lugar durante un banquete en casa de un fariseo, lo que hace más chocante la actitud rebelde de Jesús. Pero la «rebeldía» social de Jesús no tiene su razón de ser en sí misma: Jesús no se constituye en adalid de la anarquía o del «prohibido prohibir», ni es sin más un saboteador del orden establecido. Su libre posicionamiento frente ante los usos y los preceptos de su entorno está en función de un mensaje y una intención de mucho mayor calado. Lo que él pretende mostrar y proponer es una nueva forma de relación con Dios, ante la cual los corazones de los hombres deben posicionarse. Jesús abre una nueva perspectiva de la relación con Dios: el encuentro con Dios se da en la cotidianidad de una casa y no en la exclusividad del templo, en la abundancia de un banquete inmerecido y no en el ayuno prometeico, entre los que se saben pecadores y no entre los que se creen puros…

Por eso Pablo, en la segunda lectura, contrasta la ley y la fe para decir que Dios está mucho más allá de nuestra torpeza y que el verdadero vivir es el vivir de Cristo. La ley —incluso la ley divina— no es más que un simple sistema de señalización del tráfico; pero para caminar hace falta el combustible, que no es sino la fe en el amor de Dios manifestado en Cristo.

La novedad que aparece con Cristo se asienta en que no somos los hombres quienes conquistamos a Dios a golpe de esfuerzo, sino que, porque somos alcanzados por él, podemos convertirnos a su amor. El amor de Dios tiene siempre la preeminencia, pero no llega a término sin la aceptación libre y consciente de nuestro corazón.

Podemos aprovechar esta semana para meditar en el corazón una gran verdad: «El Diablo conoce tu nombre, pero te llama por tu pecado; Dios conoce tu pecado, pero te llama por tu nombre».


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