12 noviembre 2017

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La esperanza cristiana,
el aceite de la vida

 

 

En estos tres últimos domingos del año litúrgico se nos invita a meditar tres hermosas parábolas sobre la esperanza. La primera evoca una fiesta de bodas. En casa de la esposa, diez jóvenes aguardan al atardecer la llegada del esposo. Cinco de ellas son presentadas como sabias y las otras cinco como necias. Las primeras se han provisto de aceite para sus lámparas, mientras que las otras han descuidado ese detalle tan importante.

 

Esta parábola se refiere a toda la comunidad cristiana. La Iglesia vive y vivirá siempre en un tiempo de penumbra. Pero ha de estar preparada para vivir aguardando en cada momento la presencia del Señor. Siempre habrá voces que anuncien su llegada. Pero ni la prisa ni el sopor pueden apagar su deseo ni justificar su ligereza. Una Iglesia que no viviera preparada para acoger al Señor no sería reconocida por Él.

 

También se dirige a cada uno de los creyentes. Para los antiguos, el aceite significaba luz, alimento y ungüento para las heridas. Así lo comentaba san Bernardo al aplicar al nombre de Jesús esta preciosa imagen. Llevar aceite en las lámparas es señal de sabiduría. El aceite es la luz de la fe, la dulzura de la esperanza y el alivio de la caridad. Quien no espera al Señor es un necio. Y la necedad es otra palabra bíblica para el pecado.

 

En la parábola de las doncellas escuchamos un diálogo misterioso que resume la vida del creyente. Una palabra determina a la otra:

 

«¡Llega el esposo: salid a recibirlo!». Esa voz de lo alto se dirige a la Iglesia, a cada uno de los creyentes y también a la humanidad entera. Sería una insensatez ignorar esa venida que da sentido a toda nuestra existencia. No podemos olvidar que el Señor viene siempre a nuestro mundo y a nuestra historia. Estar dispuesto a «recibir» al que llega marcó el destino de Abraham y el de Zaqueo y marcará para siempre el nuestro.

 

«Señor, Señor, ábrenos». Esa otra voz, que brota de nuestras gargantas, expresa el sentido de la fe, pero también la sed de toda la humanidad. Nuestra pretensión de autonomía es una falsa ilusión. Con demasiada frecuencia pensamos tener nosotros la llave del futuro y el sentido de la existencia. Pero la puerta de la vida se abre desde dentro. Y sólo el Viviente puede franquear la entrada a quien se prepara y ruega.

 

«El más grande entre vosotros debe servir a los demás». Sólo cuando hayamos sido tratados como últimos y nos hayamos sentido primeros, habremos comprendido qué es lo que aquí nos está diciendo nuestro Maestro.

Señor Jesús,
cansados del camino y sumidos en la oscuridad,
seguimos esperando tu manifestación.
Que no se apague en nosotros
el deseo de tu venida
y la esperanza que nos mantiene en camino.
Porque en ti está la luz y la vida
.

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