13 diciembre 2015. 3 Adviento

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REPARTIR CON EL QUE NO TIENE

El martes pasado, día de la Inmaculada, el Papa Francisco abría la puerta del año jubilar de la Misericordia. Las puertas abiertas de todas las catedrales del mundo y de nuestras iglesias, significan los brazos amorosos de misericordia y compasión que quieren abrazarnos y llenarnos de la alegría que ya vivimos en este tercer domingo de Adviento.

Hoy, la Palabra del Bautista desde el desierto tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión y al inicio de una vida más fiel a Dios despertó en muchos de ellos una pregunta concreta: ¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que brota siempre en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.

Juan no les propone ritos religiosos ni tampoco normas ni preceptos. No se trata propiamente de hacer cosas ni de asumir deberes, sino de ser de otra manera, vivir de forma más humana, desplegar algo que está ya en nuestro corazón: el deseo de una vida más justa, digna y fraterna.

Lo más decisivo y realista es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista sabe resumirles su respuesta con una fórmula genial por su simplicidad y verdad: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Así de simple y claro.

¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes vivimos en un mundo donde abunda la miseria, en el que nos vamos destruyendo por falta de solidaridad (COP 21), y seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y nuestras despensas repletas de comida?

Y ¿qué podemos decir los cristianos ante esta llamada tan sencilla y tan humana? ¿No hemos de empezar a abrir los ojos de nuestro corazón, a reaccionar con entrañas de misericordia para escapar de esa insensibilidad y esclavitud que nos mantiene sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos? Hay quien dice que vivimos «cautivos de una religión burguesa». El cristianismo, tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Y lo mejor de la religión de Jesús se está desvirtuando, vaciándonos de sus valores: la solidaridad, la defensa de los pobres, la misericordia, la compasión y la justicia.

Por eso, hemos de valorar y agradecer mucho más el esfuerzo de tantas personas que se rebelan contra este «cautiverio», comprometiéndose en gestos concretos de solidaridad y cultivando un estilo de vida más sencillo, austero y humano.


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