14 de febrero 2016. 1 Cuaresma

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«EL ESPÍRITU LO LLEVÓ AL DESIERTO»

Nacemos como hijos del mundo. Nacemos con una mirada configurada por las sospechas y los recelos que toda la historia ha tejido en la carne humana, con los sentimientos de pertenencia y exclusión que configuran nuestras relaciones, con palabras que nos vinculan y que nos separan. Nacemos, además, con un anhelo de encontrar en el mundo que nos da a luz un hogar que siempre está más allá de todo lo que vivimos.

Somos hijos del mundo y el mundo no termina de darnos vida. Nos rodea con sus posibilidades, con sus invitaciones, y nos frustra con sus estrecheces. Todo esto de manera concreta: la falta de tiempo para vivir pausadamente y de sabiduría para gozar de lo cotidiano, la falta de una alegría permanente, la presión de las tristezas cotidianas, las tensiones en nuestras relaciones, el peso de la pobreza y la violencia sufrida…

No nos convence del todo nuestro mundo y, a la vez, nos dejamos convencer por él en cada guiño que nos hace ofreciéndonos «el oro y el moro» de la vida. El Espíritu nos arroja al desierto como arrojó a Cristo. Nos obliga a iniciar un camino en el que miremos de frente la realidad en su pobreza y, a la vez, en el origen permanente de su vida que la enriquece sin medida. El Espíritu nos obliga, queramos o no, a tocar con la experiencia de la vida concreta la falta de sustancia de nuestros afanes separándonos por un momento de ellos. Puede hacerlo cuando hemos de afrontar la prueba de la muerte, o cuando nos enfrentamos a la quiebra de relaciones que creíamos eternas, o cuando llegan los fracasos… aunque también cuando dócilmente dejamos que conduzca nuestra mirada a la pobreza interior que nos constituye y que busca de continuo un pan de vida eterna que la sacie.

El Reino llega y hemos de acompasarnos a él, nace con la fe dada en medio del desierto, con la fe con que nuestra pequeñez se confía a un origen benevolente y fiel que no nos abandonará: no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Sin embargo, al primer paso que damos nos asalta la tentación, la desconfianza. ¿Es claro que Dios quiere nuestro bien? ¿Sus palabras son más veraces que las del mundo, que promete y frustra de continuo? Oímos la promesa a Noé, nos confiamos a un Dios misericordioso y de futuro, y dijimos: El Señor es bueno, y comenzamos a caminar con confianza porque ya no habría más diluvios sobre nosotros. Pero oímos de nuevo noticias de catástrofes en las que el hombre sufre la aniquilación, sentimos de nuevo que las aguas nos llegaban hasta el cuello, y preguntamos si Dios no nos habrá sacado al desierto a morir y no estaríamos mejor en el mundo que conocíamos con nuestras pequeñas esperanzas o con nuestras grandes comodidades.

Acaso un hombre puede esperar mucho más de la vida que esto. ¿Para qué soñar? Comamos, bebamos… ¿Para qué entrar en un desierto del que sospechamos que no conduzca a ninguna tierra prometida?, ¿para qué entrar en un ayuno del que intuimos que no encontrará el alimento que sacie los anhelos de la vida?

Pero, aun así, no deja de levantarse en nuestro interior la invitación de Jesús a entrar con él en el desierto, en la pobreza de nuestro ser y, desde él, buscar en los caminos del Reino: «Convertíos, creed la buena nueva, el plazo se ha cumplido». ¿Cómo viviríamos sin tierra prometida, sin futuro, sin la promesa de un mundo redimido, sin llanto ni dolor?


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