14 enero 2018

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«HABLA, SEÑOR,
QUE TU SIERVO ESCUCHA»

 

 

 

A los ojos de Dios toda vida humana tiene un sentido, un por qué y un para qué: es lo que llamamos el «proyecto de Dios» o la «vocación». Tarea fundamental de toda persona es descubrir cuál es la propia vocación, cuál el proyecto, la idea que Dios tiene sobre ella, desde toda la eternidad. Y es una tarea que no puede darse por concluida en un determinado momento, sino que dura toda una vida.

 

La Palabra de Dios pone ante nuestros ojos las historias vocacionales de algunos personajes: Samuel, Andrés, Pedro… Y en todas ellas encontramos ciertos elementos comunes que, seguramente, se dan también en nuestras propias personaso.

 

En primer lugar, Dios llama. A Samuel Dios lo llama por su nombre, bien tres veces: «¡Samuel, Samuel!». Y la Escritura pone gran cuidado en decirnos que Samuel no conocía todavía al Señor, no le había sido revelada su palabra. Porque la iniciativa es de Dios, Él es quien nos llama, como dirá más tarde Jesús: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros».

 

En segundo lugar, esta llamada conlleva una vocación a la intimidad con Dios: Samuel habitará en la casa de Dios, incluso dormirá en la misma habitación donde se conserva el Arca de Dios. Andrés y el otro discípulo que siguen a Jesús pasan la noche con Él, en su casa. Dios llama a vivir con Él, a ser de su familia, a estar en su casa.

 

En tercer lugar, la llamada de Dios cambia la vida de quien la recibe: simbólicamente, Jesús, tras quedarse mirando fijamente a Simón, hermano de Andrés, le dice: «Tú te llamarás Pedro». El cambio de nombre significa un cambio de sentido en la vida: Simón será la piedra firme sobre la que el Señor edifique su Iglesia.

 

Y, en fin, la vocación conlleva siempre una misión; Dios llama «para algo». Samuel recibe la misión de ser guía y juez de Israel, Simón Pedro será guía del nuevo Israel que es la Iglesia, y, sobre todo, Andrés tiene la misión de anunciar la llegada del Mesías, de llamar a otros a ese conocimiento de Dios que él mismo ha recibido.

 

Dios nos llama, pues, a ser hijos suyos, renovados por la fe y el bautismo, y entregados, en caridad, al servicio de los demás. A nosotros nos toca responder, con plena disponibilidad, a esta llamada: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha».

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