15 de marzo 2015

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TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO…

En el camino de la Cuaresma hacia la Pascua se nos van proponiendo diversos hitos. El de este domingo es clave y especialmente iluminador. Va contra algunas de esas ideas preconcebidas sobre nuestra fe y nuestra relación con Dios. Esas ideas que, de tanto repetirlas, nos las terminamos creyendo aunque en el fondo tengan poco que ver con el Evangelio de Jesús. Cuatro palabras se repiten una y otra vez en el evangelio de Juan que se proclama en este cuarto domingo de Cuaresma: la salvación y la creencia, la vida eterna y la luz.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». «Dios entregó a su Hijo», expresión que junto con la expresión «el Hijo del Hombre tiene que ser elevado» manifiesta, misteriosamente, que Jesús tiene conciencia de que va a ser crucificado y también quiere decir que en los planes de Dios entra la entrega de Jesucristo en la cruz. Quizá Dios podía haber solucionado las cosas de otro modo, sin necesidad del sufrimiento de la cruz. ¿Cómo suprimir las consecuencias del pecado de la humanidad sin sufrimiento? El caso es que Dios parece que sólo se queda satisfecho con la entrega de su Hijo.

«Tanto amó Dios al mundo...». Quien no haya descubierto el amor de Dios, lo que Dios le quiere a él en concreto, no conoce a nuestro Dios. Quien siga pensando que Dios castiga con el mal, con la enfermedad, con el sufrimiento, no conoce a nuestro Dios. Quien siga pensando que Dios se desentiende de los problemas de la gente, de las catástrofes naturales, no conoce a nuestro Dios. Dios nos ama. Nos lo ha demostrado como nadie lo puede demostrar: creándonos, dándonos a su propio Hijo. Dios nos ama y Dios ama al mundo. Así que nadie diga que el mundo es malo. El mundo es obra de Dios y objeto de su amor. El cristiano tiene que amar el mundo, tiene que salvarse en el mundo.

«Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Cristo es la luz y nos ofrece ser nosotros también luz, acogiéndole a Él. No entra en sus planes la condena de nadie, sino la salvación de todos. Nuestra respuesta ha de nacer de una fe madura que ha hecho una opción personal por seguir a Jesucristo, muerto y resucitado. No somos cristianos «porque toca», o porque «es lo normal», o porque «me lo han enseñado así». La fe es personal, pero vivida comunitariamente. Esa es la manera que tiene Dios de renovar su alianza con cada cristiano y con la Iglesia, que somos hoy su pueblo, por quienes Él se compromete y hace, de nuevo, el mismo pacto que con nuestros antepasados.


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