15 octubre 2017

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El traje de fiesta

 

 

Nos adentramos en la recta final del año litúrgico. En apenas dos meses, comenzaremos a prepararnos para la Navidad. Los Evangelios nos han ido presentando a un Dios que invita a trabajar en su viña, que encarga a unos trabajadores para que administren bien sus tierras y, hoy, que invita a un banquete. Esta imagen bíblica del banquete aparece hoy en la primera lectura de Isaías, en el Salmo 22 y en el Evangelio. Estos textos nos ayudan a entender quién es Dios y qué invitación hace a la humanidad.

 

En este banquete, Dios invita, corre con todos los gastos. Es un acontecimiento feliz y dichoso y la iniciativa parte de Dios. Es una fiesta para reforzar nuestros lazos de amistad, de fraternidad, de comunicación profunda entre nosotros y con Él. Pero es algo más, es la superación de la muerte y de todos los males que abruman a la persona. Dice el profeta en la primera lectura: «Aniquilará la muerte para siempre… Enjugará las lágrimas de todos los rostros». Es el gran banquete de la vida, de la vida para siempre. Y no es un ambiente tenebroso, sino de celebración.

 

A nosotros nos deja la libertad de responder. Y las respuestas, según el evangelio, son muy variadas: desprecio, ingratitud, oposición, indiferencia… excusas, al fin y al cabo. O puede que no. Podríamos preguntarnos si estas respuestas están en parte causadas porque nuestro testimonio deja mucho que desear y qué parte de responsabilidad tenemos los que salimos a los caminos a convidar a todos.

 

Pero Dios sigue adelante con su fiesta, no se arrepiente a pesar de que algunos rechacen la invitación. Lejos de suspender el banquete, lo abre a todos por igual: «Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales». Dios está contento, la sala está llena y el banquete sigue adelante.

 

Al final, «el rey reparó en uno que no llevaba traje de fiesta». Ese «traje de fiesta» es la respuesta agradecida con una vida consecuente, y es necesario para participar en el banquete. Aceptamos la invitación, acudimos al banquete, pero nuestro «traje», nuestra vida ha de expresar eso mismo, eso que dicen nuestras palabras, ese «sí» que le damos a Dios.

 

«Aquel día el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos» (Isaías); «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda». El banquete de Dios se adelanta cada vez que celebramos la Eucaristía. Es como un aperitivo de lo que será. Acojamos la invitación con alegría y pongámonos el vestido del agradecimiento y la coherencia de vida, para que nuestro testimonio acerque a otros la invitación de parte de Dios.

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