16 de mayo 2015

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«Nos ha dado de su Espíritu»

La oración sacerdotal de Jesús, cuya parte central escuchamos en el Evangelio de este domingo, está pronunciada en su «paso» de este mundo al Padre; para Jesús significa el paso de su vida terrestre a su pasión en cruz y a su resurrección.

Para san Juan —como para todo el Nuevo Testamento— «mundo» no se refiere a este planeta, que nosotros habitamos, sino que hace referencia a la «ambición» humana que descarta a Dios de sus planes y se convierte criterio máximo a la hora de vivir. Frente a la lógica de quien piensa sólo en sí mismo, de quien sólo aspira a «medrar», a rodearse de fortunas y de vanas-glorias, Jesús ruega para que los suyos, vivan encarnados en su tiempo, pero desde la lógica de un Dios que se entrega hasta el extremo.

No se trata de condenar y maldecir la realidad que nos rodea, no se trata de ser «puritanos», separándose del mundo, sino más bien de vivir en el amor de Dios, que nos va «purificando», que nos hace crecer y que impide que nos dejemos llevar por la moda o el ambiente. Por eso, vuelve a pronunciar aquella súplica del Padrenuestro: «guárdalos del mal».

Además, Jesús le pide al Padre que nos santifique en la verdad, que es su Palabra. Como indicando que es la acogida de su Palabra la que nos descubrirá nuestra verdadera vocación y nuestro más auténtico sentido: no encerrándonos en nuestros caprichos y egoísmos, sino viviendo amándonos unos a otros.

En continuidad con la Palabra de los domingos precedentes, la clave está en «permanecer». Permanecer en Él, permanecer en su amor, para así poder permanecer en el mundo y amar nuestro tiempo como Él lo ama: dando vida, dando la vida.

Podemos confiar, no nos deja huérfanos, «nos ha dado de su Espíritu», lo ha derramado en nuestros corazones. Vino para quedarse, para permanecer y llenarnos de su alegría.


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