16 de noviembre

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LOS TALENTOS

La liturgia de estas últimas semanas nos va orientando hacia la vuelta de Cristo Rey, que celebraremos el próximo domingo. Las lecturas de este domingo nos hablan precisamente de esta venida: «El día del Señor vendrá como un ladrón en la noche», dice San Pablo. ¿Cómo comportarnos durante este tiempo que falta hasta la venida de Cristo Rey, como juez de vivos y muertos? La parábola de los talentos del evangelio de hoy nos da la respuesta.

Los talentos simbolizan las cualidades personales que hemos recibido y las responsabilidades que nos han sido confiadas: nuestra familia y las gentes con quienes vivimos y nos relacionamos.

Dios pone toda su confianza en nosotros y nos lo entrega todo para que lo pongamos al servicio de nuestro pequeño mundo. Quiere que seamos creativos y que no caigamos en la pereza o en la pasividad. Hoy nos dice a todos: «Mira mis dones, mis talentos y haz que den mucho fruto».

Una pequeña historia nos ayudará a comprender mejor esta parábola: una madre de familia africana entregó tres vasijas diferentes a sus tres hijas para que fueran a buscar agua al pozo del poblado: una vasija de cinco litros para su hija de 16 años; otra de tres litros para la de 12 años y una de un litro para la más pequeña de 7 años. De esta forma las tres participaban en las tareas y en el bienestar de la familia.

En el tiempo de Jesús un talento era un capital importante. Pensemos en un lingote de oro o de plata de podría valer como treinta años de salario, es decir, toda una vida. Dos o cinco talentos representan pues una fortuna colosal. Dios ha puesto en nuestras manos toda una vida para que nosotros la hagamos fructificar. En la parábola cada uno recibe según la medida de sus posibilidades. Ya no importan tanto si cinco, tres, dos o uno, cuanto dar de sí todo lo posible. Los dos primeros sirvientes que han duplicado el capital son felicitados de igual manera.

Si el tercero hubiera producido un sólo talento, habría sido felicitado también. Para justificarse dijo: «Tuve miedo»… No gastó nada, no perdió nada, no hizo nada. No se dio cuenta de la confianza que se tuvo en él al entregarle esa cantidad tan enorme. Se dejó invadir por el miedo, siendo desconfiado con su amo, fijándose más en su intransigencia que en su generosidad.

La parábola, pues, nos invita a utilizar lo mejor posible los talentos que hemos recibido en beneficio de quienes nos rodean. Sería muy triste llegar al final de nuestra vida y decir: «Señor, te devuelvo el corazón que me diste, apenas lo he utilizado por miedo a equivocarme. También te devuelvo la imaginación que me diste tal y como me la entregaste. Está casi sin estrenar. Nunca la he utilizado».

En la vida hemos de tener la valentía de correr riesgos. Jesús ha sido muy duro con los fariseos, que impedían todo cambio y querían construir una barrera en torno a la ley y las tradiciones de Israel con el fin de protegerlas. El cristianismo no es una religión de museo. Por eso Jesús critica las tradiciones religiosas conservadoras que impiden evolucionar, desarrollarse, cambiar según las necesidades de los tiempos. Hemos de evitar también apagar el Espíritu «que sopla allí donde quiere y renueva continuamente la faz de la tierra».

Al final de nuestra vida sólo se nos hará una pregunta: «¿Es más bello, más justo y más humano el pequeño mundo que Dios te confió?». Entonces el Señor te dirá: Está bien, siervo bueno y fiel. Entra en el gozo de tu Señor».


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