17 abril 2016. 4 de Pascua

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«YO SOY EL BUEN PASTORr»

Nosotros podemos encontrar muy lejana esta imagen del pastor y las ovejas. Nuestro Señor Jesucristo hablaba para la gente de su sociedad, que era agrícola-ganadera. De hecho, esta imagen impresiona tanto en el comienzo del cristianismo que la primera figura que tenemos representando al Señor se trata de un joven imberbe que lleva una oveja sobre sus hombros… ¡es el buen pastor! Se define como el buen pastor en contraposición a los jefes de Israel.

En el fondo, esta afirmación está en la línea bíblica según la cual sólo Yahvé es el pastor de Israel. Más tarde, se promete al pueblo disperso que Yahvé volverá a reunir a su rebaño y le dará un pastor. Jesús afirma que Él mismo es este Pastor.

Para entender bien el Evangelio es interesante saber su contexto. Los judíos celebraban en la época de Jesús la fiesta de la purificación del templo en diciembre, a finales casi, y en ella se recordaba el restablecimiento del culto que había organizado Judas Macabeo cuando vence en una guerra al rey de Siria, Antíoco IV Epifanes (en el siglo II antes de Cristo). Esto era importante para Israel porque significaba que se había expulsado a los gentiles (1Macabeos 4,58), es decir, a todos los que no eran judíos, del pueblo de Israel. Jesús se pone fuera de este juego de raza al invitar a todos como sus ovejas, que son todos los que le siguen sin distinción de raza: Jesús es Pastor de todos. En su relación con sus ovejas, Jesús destaca dos aspectos: la compenetración mutua y la seguridad de que gozan las ovejas y da, además, la razón de esa seguridad al decirnos que el Padre y Él son uno. El pastor y las ovejas son una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su pueblo. El Señor nos tranquiliza diciendo que no pereceremos jamás y que nadie podrá arrebatarnos de su rebaño si libremente le seguimos y esto es así porque fuimos dados a Él por el Padre. Jesús nos da la vida eterna a todos los que creemos en él y le seguimos, por tanto, la vida que se recibe viene a través de la fe. Juan escribe su Evangelio para que, creyendo en Jesús, tengamos vida eterna. Quiere decir todo esto que Juan entiende la «vida eterna» como algo que se inicia ya en este mundo. El polo opuesto de la vida eterna que comienza con la fe es la «muerte eterna», que comienza con la incredulidad. No que todo se decida en un momento dado, aunque hay que decir que todo se decide en la fe o en la incredulidad. Pero el Señor está convencido de que nada ni nadie puede apartar de sus brazos a los que son «suyos» y a los que él ama. Por eso, cuantos creen en Jesús tienen su vida eterna guardada en las mejores manos y no morirán para siempre. Porque Jesús y el Padre son uno.

Pastor que con tus silbos amorosos

me despertaste del profundo sueño;

tú que hiciste cayado de ese leño,

en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño,

y la palabra de seguir te empeño

tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,

no te espante el rigor de mis pecados,

pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados;

pero ¿cómo te digo que me esperes,

si estás para esperar los pies clavados?

(Lope de Vega


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