17 septiembre 2017

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Setenta veces siete: el perdón

 

 

Después de la invitación a la corrección fraterna del domingo pasado, hoy se nos invita al perdón. Seguro que todos recordamos el Jubileo de la Misericordia del año pasado, así como el libro que nos fue presentado: Si no puedes perdonar, esto es para ti

La primera lectura nos viene a decir que el perdón de Dios es condicional al perdón que nosotros hayamos dado a nuestro prójimo: «Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?». No tiene compasión de sus semejantes, ¿y pide perdón de sus pecados? En el Padrenuestro rezamos: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Pedimos que Dios nos perdone en la misma medida en que nosotros hemos perdonado a los demás. ¡Arreglados estamos si Dios nos hiciera caso!

Y en el Evangelio vemos que Jesús le dice a Pedro que hay que perdonar setenta veces siete; es decir, siempre. La parábola nos cuenta cómo un rey (Dios) es el primero en perdonar al mayordomo y éste, por el contrario, no perdona a su deudor. Dios nos perdona antes que nosotros perdonemos a los demás para que, cuando hayamos experimentado su perdón, nos resulte más fácil perdonar.

¿Por qué nos cuesta tanto perdonar?

Porque pensamos que con el perdón nos rebajamos; sin embargo, decimos que Dios expresa su poder con la misericordia. Perdonar no es una debilidad, como a veces podemos pensar, sino que es señal de mayor fortaleza.

Porque no olvidamos. Dice San Pablo que el amor «no lleva cuentas del mal». Sin embargo, cuando nos cuesta trabajo perdonar puede ser porque tenemos bien apuntado todo el mal que nos han hecho. Cuando uno ama sabe que nadie puede causarle auténtico daño. El único daño que tu enemigo te puede causar es que dejes de amarle.

Porque no hemos experimentado el perdón de Dios. Para perdonar a los demás como Dios manda hay que haber experimentado el perdón de Dios, hay que haber reconocido antes el propio pecado. A veces buscamos mil justificaciones (psicológicas, por ejemplo), como hacía el fariseo de la parábola al entrar en el templo. Si uno justifica su pecado, no lo reconoce y no se abre a la misericordia de Dios. Para poder vivir la misericordia de Dios hay que reconocer el propio pecado de un modo objetivo como un mal hecho a Dios, a los demás o a uno mismo, como hizo Pedro; pedir perdón y dejarse perdonar por Dios.

Nuestro mundo necesita testigos del Evangelio de Jesús. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.

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