18 diciembre 2016. IV Adviento

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POR LOS CAMINOS DE DIOS

Nuestra memoria va asociada, frecuentemente, a elementos sensoriales: el olor del pan recién horneado, los colores particulares de un atardecer, o una determinada melodía. En Navidad esa memoria se llama “villancicos”; los hay populares, que pertenecen a la tradición cultural viva de nuestros pueblos; y los hay menos populares, pero no por ello menos ricos.

Yo quisiera evocar, hoy, uno que marcó los momentos felices de la Navidad en el Seminario. Dice:

“La Virgen sueña caminos,

está a la espera.

La Virgen sabe que el Niño

está muy cerca.

De Nazaret a Belén

hay una senda.

Por ella van los que creen

en las promesas”.

Los que creen en las promesas están siempre abiertos a los sueños de Dios, como María, como José. Los que creen en las promesas marchan siempre por los caminos de Dios, de Nazaret a Belén, para que el Niño nazca.

Ese camino de Dios, esa senda que conoció la peregrinación de José y María hacia la ciudad de David, vio pasar, años más tarde, al hijo de José y María, acompañado de los Doce, camino de Jerusalén, porque allí Él había de dar su vida en rescate por todos. Los caminos de Dios son siempre los mismos, y el alegre nacimiento del Niño nos está ya anunciando su santo destino de muerte y resurrección. La Navidad no es sino el pórtico de la Pascua; en ella comienza a mostrarse, a los ojos del creyente, la realización del eterno sueño de Dios: el retorno de los hijos a la casa del Padre.


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