18 marzo 2018

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«ATRAERÉ A TODOS HACIA MÍ»

 

 

 

Se acercan los días en que celebramos la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Dentro de un par de semanas es la gran fiesta de la Pascua, la victoria de Jesús sobre la muerte y, en su victoria, también la nuestra.

 

Pero antes de la victoria final de la Resurrección, Jesús debe pasar por la angustia de la muerte: seguramente Él era plenamente consciente de que su muerte violenta era inminente: con su palabra franca y abierta se había hecho demasiados enemigos, y éstos eran demasiado potentes.

 

San Pablo nos evoca esta conciencia, cuando nos dice que «a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte»: este no es el Jesús edulcorado, heroico ante la muerte, con una cierta indiferencia: a gritos y con lágrimas, compartiendo nuestra humanidad hasta el final, con el mismo miedo a la muerte, como cualquier hombre. Pero nos dice también san Pablo que «en su angustia fue escuchado»: porque pese a su miedo, a su «angustia», toda su confianza reposaba en Dios, su Padre.

 

Y esta muerte de Jesús está abierta a la vida, llena de fecundidad, porque «si el grano de trigo muere, da mucho fruto». Su muerte es redentora, da la paz al mundo, restablece la amistad entre Dios y los hombres, sella la alianza, la nueva alianza, que anunciaba Jeremías, y que los cristianos, en cada Eucaristía, celebramos en la sangre de Cristo, que es «sangre de la Nueva Alianza».

 

La redención de Cristo no se limita a unos pocos creyentes, ni siquiera a muchos, sino que su sangre, derramada, lo es por todos los hombres, y su cuerpo, grano de trigo caído en tierra y muerto, atrae a todos hacia él; elevado en la cruz, el Señor Jesús ofrece a Dios el sacrificio perfecto, el único capaz de borrar el antiguo pecado de soberbia de Adán, mediante la perfecta obediencia a la voluntad de Dios. Cuando Jesús, expirando, abandona su vida en las manos de Dios, nos está abriendo el camino, para que también nuestras vidas y nuestras muertes puedan ser ofrenda agradable a Dios, y, de alguna manera, corredentoras con Cristo.

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