18 octubre 2014

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"Y a Dios lo que es de Dios"

Parece una respuesta sencilla y clara, la que da Jesús a aquellos escribas que le interrogaron sobre el impuesto: “Pagadle a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”. Parece sencilla y evidente, si, lo parece; pero solamente lo parece.

En realidad, la respuesta de Jesús suscita otras preguntas en nuestro corazón: ¿qué es de César?, ¿qué es de Dios? Y tendemos a hacer una separación neta entre la esfera del mundo, la esfera de lo civil, y la esfera de lo religioso, la esfera de lo espiritual.

¿Quería Jesús decirnos eso? ¿O quería más bien indicarnos la absoluta soberanía de Dios sobre toda la realidad existente?

En su mentalidad de judío piadoso, Jesús no podía, absolutamente, concebir un ámbito en el que Dios, el Dios de Israel, no estuviera presente. Así como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob estuvo detrás de algo tan “secular” como la subida al poder de Ciro, rey de Persia, para liberar a Israel de la esclavitud babilónica, y antes, suscitando a Moisés, había sido el motor de la liberación de su pueblo de las manos de Faraón , rey de Egipto, así ahora, pensará Jesús, nuestro Dios está en camino para liberar nuevamente a su pueblo de toda esclavitud y de toda muerte.

De esta manera, cuando habla de “dar a Dios lo que es de Dios”, Jesús está indicándonos un camino de comportamiento: todo en nuestro hacer y querer, en nuestro obrar y proyectar, todo ha de estar transido de presencia de Dios; a Dios hay que darle “todo”, porque todo es de Dios, y nada hay que no lleve la huella de su ser. Pero varía la forma en que damos, o debemos “dar a Dios” las diferentes realidades.

Damos a Dios su gloria en el mundo cuando nos comportamos según su voluntad en todos los aspectos de la vida “civil”: y así, no puede haber una acción política o económica neutra, indiferente a las necesidades de las personas, o, incluso peor, movida por intereses de partido o de egoísmo de clase, ajena al verdadero sentido de justicia.

Damos a Dios su gloria en la Iglesia cuando le tributamos el culto debido, sí, pero también o sobre todo cuando demostramos con nuestra caridad fraterna que somos familia de Dios, que somos Iglesia, congregación de los hermanos que se reconocen en un mismo y único Padre.

Y por ello, “dar a César lo que es César” viene a encontrarse con “dar a Dios lo que es de Dios”, sin confusión, pero sin ningún tipo de contraposición, más aún, con una especie de compenetración que lleva a afirmar que, cuando verdaderamente damos a César lo que es de César, estamos dando a Dios lo que es de Dios, y viceversa.


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