18 septiembre 2016

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NO PODEIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO

De nuevo la Palabra de Dios aborda temas relacionados con los bienes de este mundo. Hace algunas semanas se nos recordaba que los pobres son portadores de una especial bienaventuranza, y no solamente los pobres en espíritu, como dirá el Evangelio de Mateo, sino los pobres, sin más, porque su vida depende sola y únicamente de la misericordia de Dios y de la de los hombres.

Hoy, el profeta Amós alza su voz contra aquellos que oprimen a sus hermanos, y clama invocando y evocando la ira de Dios: la justicia social es justicia de Dios, y, en consecuencia, la injusticia social es un pecado contra Dios mismo, contra su más íntima naturaleza. Por eso la Iglesia ha insistido tanto, a partir de finales del siglo XIX, en una doctrina social, que se debe transformar en una moral social.

Por inveterada tradición, los cristianos hemos centrado nuestra atención en los pecados contra el “sexto mandamiento”, olvidando que es igualmente grave, o más grave aún, el pecado contra el séptimo, que dice “no robarás”, y que, por tanto, toda explotación de un hombre hacia otro hombre, toda injusticia social, el inmenso desequilibrio entre los ricos y los pobres, todo ello es “robar” a los ojos de Dios.

Ciertamente, como nos recuerda san Pablo, “Dios quiere que todos los hombres se salven”, pero su deseo es igualmente que el hombre, que todo hombre viva, y que viva en unas condiciones que no signifiquen una negación flagrante de su condición humana.

Esta “inhumanidad” puede ser vivida como víctima: y prueba de ello son las incesantes violencias, las condiciones de vida y de trabajo degradantes o humillantes, el desprecio de los propios derechos, etc.: muchos de nuestros hermanos y hermanas sufren, día a día, estas situaciones y otras semejantes.

Pero la “inhumanidad” también puede vivirse como “actor”: la tentación ronda continuamente nuestra vida, la tentación de anteponer nuestro interés y nuestra ganancia al bien común, a la solidaridad, la tentación de imponernos, prepotentemente, sobre quien es más débil y de explotarlo, de alguna manera, en provecho propio.

La vocación a ser hijos de Dios es incompatible con el deseo egoísta de medrar a toda costa; el seguimiento de Jesús es incompatible con la búsqueda afanosa de los propios intereses: no podemos servir a Dios y al dinero.


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