2 de noviembre 2014

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CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

«Yo soy la resurrección y la vida»

Es difícil, y nos cuesta. Son días agridulces los primeros de noviembre, a pesar de las alabanzas del refrán: «¡Dichoso mes!, que comienza con los Santos y acaba con san Andrés».

Es difícil pensar en la muerte, la propia y la de los nuestros. Pero con la misma alegría y con la misma esperanza con que celebramos a la multitud de hijos de Dios que han sido abrazados por la santidad, deberíamos celebrar hoy esta memoria. Es la alegre esperanza que Jesús nos asegura con su Palabra y su Vida: Él es «resurrección y vida» para quienes confían y se dejan llevar.

Es difícil.

Para unos padres es difícil ver cómo su hijo pequeño al aprender a nadar se hunde y traga agua y les llama y se angustia, pero solo así puede nacer la seguridad de que el agua que parece tragárselo, en realidad puede sostenerlo. Solo la confianza en la prueba de la angustia es el camino de la verdadera fe.

Hay que morir, lo sabemos, no somos Dios, no podemos sostenernos a nosotros mismos, no podemos sostener indefinidamente a los que queremos, no podemos darnos vida… solo podemos recibirla.

Pero, ¿existe de verdad un manantial de vida que nos habite con un deseo de amor como el que tiene Jesús?, ¿existe un amor que entre con nosotros en la tumba y nos saque de ella no para vivir un poco más, sino para caminar por siempre por encima de las aguas, para participar de la vida plena, eterna?

No se conoce definitivamente a Dios más que en la muerte. Hasta entonces no sabemos si lo que llamamos Dios no es más que un flotador para ir tirando con nuestra falta de fe en la vida y en el amor, ambos tan maltrechos en el mundo. Sólo la muerte, cada muerte que sufrimos, mide nuestra fe.

Hoy Jesús se acerca a ti como antaño y te pregunta: a la vista de la muerte que mata toda vida y todo amor, «¿Tú crees que yo soy la resurrección y la vida?» Quizá nos atrevamos a decir que sí y empecemos a caminar sobre las aguas, pero tarde o temprano al sentir cómo nos ahogamos tendremos que extender la mano como Pedro y pedir: «Señor, que me ahogo, ten piedad de mí».

El Evangelio de hoy nos dice que Él estará ahí. Si creemos, se romperán las ataduras de la muerte y la vida empezará a ser eterna.


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