21 de diciembre 2014

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FELIZ NAVIDAD

Todos los años el último domingo de Adviento la Iglesia nos trae la figura de la Virgen María. Ella es la que mejor se preparó para la primera Navidad y Ella será la que mejor nos puede ayudar para hacer una digna preparación para recibir a Jesús en nuestro corazón el día de Navidad. De hecho toda nuestra vida es como un Adviento continuo de preparación para el gran encuentro con el Señor al final de nuestra vida. Iremos mucho mejor preparados, si vamos de la mano de nuestra Madre del cielo. De ella aprendemos su gran esperanza, símbolo del Adviento, y su completa confianza en la voluntad de Dios.

Este año el evangelio nos trae la Anunciación a María del gran misterio «escondido por los siglos», pero ahora revelado, como dice hoy san Pablo en la segunda lectura.

Gracias a la aceptación de María, Jesús viene a salvarnos, pero quiere nuestra colaboración para la salvación. Y la primera colaboración consciente y libre será la de su madre. No es a «ojos cerrados»: María escucha y pregunta para enterarse. Y cuando se da cuenta, sin grandes investigaciones, que es la voluntad de Dios, acepta y pronuncia el «hágase» tan importante para la historia de la humanidad.

Así Jesús entra en la historia de la humanidad por el «sí» de las personas humildes, pobres, atentas a la voluntad de Dios. No fue fácil para la Virgen. Era un cambio muy grande en sus planes de vida, era comenzar una vida incierta y difícil por el hecho de ser virgen y madre. El «hágase» de María es un profundísimo acto de fe y de confianza absoluta en el poder y en los planes de Dios. Es como presentar la vida ante Dios, como si fuese una hoja en blanco para que Él escriba lo que quiera y como quiera. Esto es fácil decirlo. Muchas veces el que se haga la voluntad de Dios en nosotros es como una fórmula; pero luego en realidad lo que queremos es que Dios haga nuestra voluntad. Nos cuesta aceptar cambiar los planes que hemos hecho.

Cuando el ángel va a anunciarle a María el gran plan de Dios, comienza con: «Dios te salve», que en la lengua original es: «Alégrate». Lo primero que Dios quiere de María es la alegría. Es el signo de la presencia de Dios. Esa es la alegría y paz que Dios nos anuncia para la Navidad. Vayamos de la mano de la Virgen y no temamos entregarnos al Señor. Seguro que así nuestra vida será más alegre.


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