21 enero 2018

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«CREED EN EL EVANGELIO»

 

 

 

También este domingo, como el anterior, se caracteriza por dos relatos vocacionales, de los cuales surgen con particular fuerza la invitación a la conversión personal y la participación en la llamada a la conversión dirigida a todos los hombres.

 

La primera lectura nos trae la aventura de Jonás. Se trata de un profeta, llamado por Dios a marchar a una ciudad lejana, Nínive, a predicar un anuncio de conversión a sus habitantes. Jonás, de entrada, es reticente: él está convencido de que predicar la conversión a una ciudad de paganos es inútil, puesto que solamente Israel es el destinatario de la salvación de Dios. No obstante, cuando llega a la ciudad se ve obligado a desdecirse, se derrumba su escepticismo, puesto que descubre que los ninivitas escuchan su palabra, creen y se convierten.

 

De este modo, el mismo profeta vive una conversión personal en su relación con Dios. Jonás debe admitir que no conoce lo suficiente a su Señor, que tiene una mirada de particular misericordia hacia todos los hombres, llamados a reconocerlo y a amarlo.

 

En el Evangelio, los cuatro pescadores llamados a ser apóstoles, al contrario de Jonás responden en seguida a la llamada de Jesús. Pero ellos, como Jonás, también son llamados a fiarse del Señor hasta llevar a cabo algo que a primera vista les parecería ilógico y peligroso: abandonar su trabajo para seguir a un «desconocido». Lo que determina la decisión que toman es, sin duda, la palabra que el mismo Jesús pronuncia: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio».

 

La vida cristiana comienza con una llamada y es siempre una respuesta, hasta el final. Eso es así, tanto en la dimensión del creer como en la del obrar: tanto la fe como el comportamiento del cristiano son correspondencia a la gracia de la vocación.

 

Dios, el Señor, nos ha llamado a cada uno de nosotros por su propio nombre. Dios es tan grande que tiene tiempo para cada uno de nosotros, nos conoce a cada uno por nombre, personalmente. Hemos recibido una llamada personal. Dios, el Señor, nos ha llamado, nos llama, nos conoce, espera nuestra respuesta como esperaba la respuesta de los apóstoles. Dios nos llama: este hecho debería impulsarnos a estar atentos a la voz de Dios, atentos a su Palabra, a su llamada personal, a fin de responder, a fin de realizar esta parte de la historia de la salvación para la que nos ha llamado a nosotros.

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