22 marzo 2015

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QUERIENDO VER A JESÚS

Desde que se inició el tiempo cuaresmal, y de la mano de la pedagogía de las lecturas del ciclo B, hemos sido conducidos por diversos escenarios emparentados con lugares especialmente significativos para la fe bíblica. Todo comenzó en el desierto, lugar de la prueba y de la tentación. A continuación fuimos conducidos al monte de la Transfiguración para vivir una experiencia anticipada de la Pascua. El tercer domingo nos ubicó en el espacio espiritual de Israel sostenido por la Ley y por el Templo. El cuarto domingo centró la atención en la fiesta de la Pascua. Allí nos sitúa también este quinto domingo, subrayando así, mucho más nítidamente, la cercanía de nuestra propia celebración pascual de este año.

Visto así, estos escenarios nos dan una clave: han de ser leídos a la luz de Jesucristo. La Alianza y la misma Pascua adquieren en Jesús un significado nuevo; en Él se cumplen de una manera única y significativa. Para profundizar en la Palabra de este día, pensemos si un padre se viera acusado por sus hijos de haberlos engañado, de no haber buscado su bien sino su ruina, ¿acaso no se sentiría destruido, desconsolado, indignado, presa de la indignación o del rencor, o bien reducido a un triste silencio? Esta acusación infamante, dirigida repetidamente a Moisés por los israelitas: «¿Por qué nos has sacado de Egipto? ¿Para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado?», es una pregunta lanzada en el fondo al mismo Dios.

Nada podía ofender más al Señor que esta falta de confianza por parte de su pueblo. Con un audaz antropomorfismo, el autor sagrado pone en boca de Dios esta reacción: «¿Hasta cuándo no me creerán con todos los signos que he hecho entre ellos? Voy a herirlo de peste y desheredarlo». El lenguaje no puede ser más expresivo: muestra cuán herido se siente Dios cuando alguien sospecha que él desee la muerte y no la vida del hombre.

Los senderos indicados por el Señor parecen, es verdad, desembocar en la muerte, pero la meta última es la vida. Tendríamos todas las razones para no creerle si Él mismo no hubiera recorrido en persona este camino y si no nos hubiera dado, junto a un corazón nuevo, el coraje de fiarnos de él y de seguirle. En esta etapa final de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a ser testigos privilegiados del recorrido hecho por Jesús, el Dios-con-nosotros, el Dios-por/para-nosotros. Hagamos nuestras las palabras de aquellos gentiles del Evangelio: «Queremos ver a Jesús», y sigamos de cerca los pasos de su corazón camino de la Pascua.


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