23 abril 2017

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«SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO»

 

 

 

Ha pasado un día y vuelve la noche. Día intenso de carreras entre casa y el sepulcro. Se extendió el rumor de que el Señor había desaparecido y todos nerviosos han estado de aquí para allá, aunque apenas si han cambiado las cosas en casi ninguno de ellos. Y vuelve la noche con el silencio que despierta los miedos más íntimos del corazón de todos.

Se abre la noche y el anuncio de la resurrección apenas si tiene fuerza para entrar en ella, porque una cosa es hablar de día y otra muy distinta llevar las palabras de esperanza al fondo oscuro de la realidad, al silencio donde todo parece ser tragado por el frío de la noche que ve retrasarse la aurora y desespera en el lento y fatigoso paso del tiempo. ¿Qué hacer con las palabras si las heridas y los miedos, si la persistente dureza del camino son las únicas compañeras de nuestras noches? Encerrados, sin saber si por dentro o por fuera, sin saber muy bien si por los candados de nuestra renuncia a abrirnos a la vida o por la fuerza persistente del peso de la oscura realidad, demasiadas veces el miedo nos paraliza, la esperanza no tiene fuerza para cargar con nosotros y nuestra confianza en nosotros mismos sólo vale para soñar viendo inútiles recetas de autoayuda.

Pero hay algunos que siguen en pie en medio de su oscuridad como si no se conformaran con ser como la hierba que se seca a la caída del sol. Algunos en medio de su oscuridad recuerdan la historia de Jesús, quieren atraer sus palabras y sus gestos esperando recibir un poco de luz. Y he aquí que éstos son visitados: «Paz a vosotros», dice el Señor poniéndose en medio de ellos. Y la noche se ilumina con la luz de sus heridas. Porque no es el príncipe azul de los cuentos, sino el que ha atravesado, en este lado de la vida de los hombres, todo dolor y toda duda, todo odio y desesperación luchando con su fe y con su amor, poniéndose en las manos del Padre. Y es él el que de tú a tú les dice: «No tengáis miedo. Creed en mí y creed también en Dios».

Es este crucificado que ha vencido a la muerte el que entra en aquella habitación cerrada de nuestro interior, que nosotros no sabemos alumbrar y que nadie conoce del todo, para encender la esperanza y el amor en medio del dolor, el pecado y la desesperanza. Él espera a que dejemos de correr de aquí para allá y luego llama a la puerta. Si abrimos nos alentará la luz de sus heridas de amor y podremos caminar sabiendo que hay futuro. Y sólo habrá que decir: «Señor mío y Dios mío». •

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