25 junio 2017

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«No tengáis miedo»

 

 

En las últimas fiestas que hemos celebrado (Ascensión, Pentecostés, Corpus, Corazón de Jesús) vemos cómo la Iglesia va creciendo gracias a la nueva vida en el Espíritu del Resucitado. Como los primeros discípulos, también nosotros hoy estamos llamados a dejar atrás temores y miedos. Ante evangelios como el de este domingo uno se asusta viendo lo poco cristianos que somos los cristianos. Jesús nos dice que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo, y sin embargo todo son temores ante la muerte, ante el sufrimiento, ante lo que los hombres puedan hacernos, ante lo que puedan decir de nosotros...

El verdadero cristiano —el hombre que tiene una fe viva— encuentra su seguridad en el amor de Dios y descubre que la clave fundamental para vivir la existencia está en Cristo, en su entrega, su perdón y su amor por todos. Jesús nos invita a alejar temores y a tomarnos en serio el don que Él nos ofrece. Pero también nos advierte de la ingenuidad de pensar que lo mejor de la vida es vivir para sí mismo. Quiere alejar de nosotros el miedo a entregarnos y darnos: los mejores momentos de nuestra vida están conformados por el amor que hemos podido ofrecer. Según Jesús, lo que relamente deberíamos temer es el perder nuestra vida pensando sólo en nosotros mismos.

San Pablo, en la segunda lectura nos insiste de alguna manera en lo mismo: por mucha maldad que nos rodee, no hay proporción con respecto a la gracia que recibimos de Dios. Él mismo nos ha mostrado el camino y nuestra más alta vocación: ser y vivir como Él, puesto que somos sus hijos amados. Aun cuando el pecado, el egoísmo y la maldad se den cita en nuestro propio corazón, Él nos invita a confiar en su misericordia y a poner en Él nuestra esperanza: «No tengáis miedo».

Bien mirado, el mensaje de la Palabra de Dios en este domingo puede venirnos como anillo al dedo en este fin de curso. Los calores de estos días han anunciado la llegada del verano y con él, para muchos, las merecidas vacaciones. Es una época en la que tendremos más tiempo libre. Tiempo para rebajar el ritmo, para descansar un poco más, para estar en familia… pero puede ser también tiempo para profundizar en la oración con más calma, para revisar nuestra vida y marcarnos nuevas metas, tiempo para regalar a la familia…

No estaría de más que en estos meses encontrásemos la posibilidad de serenarnos un poco, disfrutando del silencio y la contemplación, de rezar y dar gracias a Dios por la posibilidad del descanso… sin dejar la eucaristía dominical, porque la Palabra de Jesús nos ilumina y su Cuerpo nos fortalece para emprender luego nuestras obligaciones con nuevos aires y nuevo ritmo.

Pero además, el verano es un tiempo propicio para que salga a flote lo mejor de nosotros mismos, las virtudes que solemos disimular o esconder; tiempo para compartir lo poco o lo mucho que tenemos. Siempre hay necesidades a nuestro alrededor: podemos aportar un consejo, una sonrisa, una limosna, una ayuda física, escuchar… El descanso del cuerpo lo da también el encontrar un confidente, un amigo… El secreto de un buen verano no está en mucho hacer, viajar o gastar… sino en disfrutar con aquello que durante el resto del año no hemos podido llevar a cabo. Renovémonos y embellezcámonos por dentro, confiando en el amor de Dios. ¡Feliz verano!

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