26 noviembre 2017

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CRISTO, REY

 

 

 

El poder tiene muy mala prensa. Pensar en él es casi equivalente a pensar en manipulación, juego sucio, corrupción, enfrentamientos y opresión. Quizá sea esta una de las consecuencias del pecado original: entendimos el poder desde el dominio y todo lo demás vino rodado.

 

Sin embargo, hay otra manera de vivirlo. Cristo nos ayuda a mirar el poder como un don para la salvación del mundo. Por el bautismo participamos de la realeza de Cristo, de sus poderes. Hemos de perder el miedo a nuestra pequeñez y a los poderes del mundo que tratan de robarnos la libertad. Bajo el señorío de Cristo y sus poderes nuestro mundo camina hacia la vida. Pero, ¿de qué clase de poder nos habla?

 

 El PODER DE LA MIRADA, aquel poder que no es dominado por la miseria del mundo y que sabe ver el fondo oculto de cada hombre, donde vive la familiaridad común que a todos nos vincula y nos hace hermanos. ¿Qué otra mirada nos dirige Cristo y nos enseña sino la que nos hace reconocernos hermanos? (1Jn 4,7-21).

 

 El PODER DEL TACTO, que tiene facilidad para superar la tentación de agarrar y retener, y poner ternura en el amor o en el dolor con el contacto simple de la piel. ¿No se atrevió Cristo a tocar la podredumbre física y moral de los que caminaban escondidos?, ¿no apareció así la alegría y la salud?

 

 El PODER DEL OÍDO, capaz, sin dejarse dominar por cantos de sirenas, de escuchar los gritos silenciosos de aquellos a los que se ha expulsado del mundo del bienestar, de los olvidados que no tienen voz. Desde siempre Dios tuvo este poder (Gn 4,10; Ex 3,7) que Cristo manifestó (Mc 10,46-52) y reveló definitivamente al presentar los dolores de nuestra vida ante Dios en su mismo cuerpo herido en el que ahora Dios desde dentro nos siente.

 

 El PODER DE LA PACIENCIA, que rescata cada día del embrujo del «todo y ahora mismo» que nos hace intransigentes hasta con nosotros mismos. ¿No caminó Cristo con unos discípulos tardos para comprender, sembrando, trabajando pacientemente su tierra para que llegaran algún día a la verdadera fe y el verdadero amor?

 

 El PODER DE LA PERSEVERANCIA, que consigue vencer a la desesperación que intenta imponer cada fracaso, incluso cuando entran en crisis las razones y se camina a ciegas. ¡Difícil perseverancia que atraviesa Getsemaní cuando todo parece perdido para expresar la fuerza del amor verdadero! (Mc 14,32-42).

 

 El PODER DE LA FIDELIDAD, que no renuncia a la palabra dada aun en daño propio y siembra en el mundo la confianza superando la oscuridad que impone todo engaño y traición. ¿Acaso podrá olvidarnos aquel que fue fiel hasta la muerte e intercede desde entonces por nosotros? (1Jn 2,1-2).

 

 El PODER DEL PERDÓN, el único que vence el mal y todos sus poderes y artimañas que parecen dominar la realidad, porque no se deja vencer por la venganza ni la ira, y permanece así inmune y libre para el bien. Este es el poder sublime de Cristo sobre los reinos del mundo a los que abraza con su perdón crucificado. Ya nada ni nadie vencerá al amor (Rm 8,31-39).

 

¡Feliz solemnidad de Jesucristo, rey del Universo!

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