27 marzo 2016. PASCUA

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DIOS LO RESUCITÓ AL TERCER DÍA

La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, centro y cumbre de nuestra fe, se realiza enteramente en el mundo de Dios: Dios lo resucitó de entre los muertos. Y solamente puede ser confesada y creída desde la fe en ese Dios que había hablado por los profetas, que en las Escrituras había mantenido viva la esperanza de su pueblo en el cumplimiento de las promesas, de la gran promesa de vida.

No era posible que quedara bajo el poder de la muerte Aquél que era la vida del mundo; no era posible que quedara bajo el dominio de las tinieblas Aquél que era la luz de todo hombre que viene a este mundo; no era posible que acabara en la nada Aquél que era el camino que conduce al Padre. Y Dios da razón a Aquél que es la Verdad, resucitándolo de entre los muertos.

No sabemos en qué consiste la resurrección de Jesús, pero ciertamente sabemos en qué no consiste: no es un volver a la vida de Aquél que había muerto en la Cruz; la resurrección no es un volver a la vida, sino un entrar en la Vida; no es un volver al sábado del reposo de Dios, sino un proceder hacia el domingo, el primer día de la nueva creación, en que el Padre actúa.

No sabemos en qué va a consistir nuestra resurrección, pero sabemos que va a ser a imagen y semejanza de la de Jesucristo, que va a ser un participar de su misma resurrección, porque Él ha entrado en la Vida de Dios como primicia de muchos hermanos, como Cabeza de ese cuerpo, cuyos miembros somos todos los hombres. La glorificación de Jesús junto al Padre es la promesa última de nuestra glorificación, nuestra muerte en Cristo es la garantía última de nuestra glorificación en Él, cuando Él aparezca glorioso.

¡El Señor ha resucitado! ¡Alleluyah!


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