27 noviembre 2016. I Adviento

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“VIGILANTES LUCES DE ESPERANZA”

Comenzamos este nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento. Recordamos así que Jesús viene a nosotros y nos preparamos para recibirle en Navidad y al final de la vida: la primera cuando se encarnó y vivió entre nosotros como hombre y, la segunda, cuando venga al final de los tiempos. Las primeras comunidades cristianas vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en medio de conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: “Vigilad. Vivid despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta.”

¿Qué es hoy para los cristianos poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos? ¿Dejaremos que se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que sufren sin culpa alguna? Y la manera más fácil de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna, mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo.

Hemos de despertar y abrir bien los ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no olvida nunca a los que sufren. Los evangelios han recogido, de diversas formas, la llamada insistente de Jesús a vivir despiertos y vigilantes, muy atentos a los signos de los tiempos. Que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o el olvido de los pobres.

No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad. Una esperanza en Dios, que se olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, y una búsqueda de la propia salvación eterna de espaldas a los que sufren, ¿no están indicando una falta de lucidez y de responsabilidad, un sutil “egoísmo alargado hacia el más allá.

Probablemente, la poca sensibilidad al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama “una Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar. Encendamos hoy, vigilantes, la primera vela de la Corona del Adviento.


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