28 febrero 2016. 3 Cuaresma

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“YO SOY EL QUE SOY”

En nuestros días, la elección del nombre de un niño reviste una importancia relativamente secundaria, y está, con gran frecuencia, sometida al dictado de la moda, cuando no al puro capricho “estético” de los padres: un nombre que suene bonito, o que haya sido puesto de moda por alguna telenovela o por algún “famoso”, por lo general de fama muy efímera. El “nombre” es accidental respecto a la persona.

No así en la Biblia, en la que los nombres de los personajes, sobre todo de los más significativos, están cargados de una significación religiosa, casi diríamos vocacional, y no solamente designan a la persona o la cosa concreta, sino que, sobre todo, constituyen el reflejo exterior de su esencia y misión, o son un signo para los contemporáneos: Jesús cambia el nombre de Simón en “Pedro”, porque él ha de ser la piedra sobre la que se construya el edificio de la Iglesia. Y en el Evangelio de Mateo el ángel dice a José que el niño que va a nacer se llamará Jesús, porque Él “salvará a su pueblo de sus pecados” (Jesús significa “Dios salva”).

Conocer el nombre de las personas es importante, pero aún más importante es conocer el nombre de Dios. En el libro del Génesis vemos que Jacob lucha con un personaje misterioso, y al final de la lucha el Patriarca, cuando sospecha la naturaleza divina de su contrincante, le pregunta cuál es su nombre. Conocer el nombre de Dios es imprescindible para poder invocarlo con un mínimo de garantías de ser escuchado; incluso en la mentalidad mágica de los pueblos de Oriente, invocar a Dios con su verdadero nombre obliga al Dios a actuar en favor del que lo invoca: el que conoce el nombre de Dios, de alguna manera, lo puede manejar.

Por eso, en la lectura del libro del Éxodo que escuchamos hoy, Moisés pide a Dios que le revele su nombre, para que el pueblo pueda acudir a su Dios con confianza. Y la revelación del nombre de Dios se convierte en uno de los momentos fuertes de la historia de Israel. Dios se llama a sí mismo “El que soy” (YHWH), y este nombre no indica tanto quién es Dios cuanto qué hace Dios. “Yo soy” puede leerse también como “Yo estoy”, como una promesa de fidelidad. Con la revelación de este nombre Dios se compromete a estar al lado de su pueblo, como un Dios fiel y misericordioso, para liberarlo de la opresión y conducirlo a la “tierra que mana leche y miel”.

Ese Dios que “está”, se llama para nosotros “Jesús”, es el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el Salvador, que nos acompaña en la travesía del desierto de nuestra vida como la “roca” firme en la que podemos confiar, el que, pacientemente, nos concede todavía “un año más”, para que podamos arrepentirnos, convertirnos, volver a Él y dar frutos de vida.


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