29 octubre 2017

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«Hemos creído en el amor de Dios»

 

 

Saber lo que es importante en la vida… ¡qué difícil! ¡Cuántas personas nos dicen, ante un trabajo por hacer: «Lo importante es esto»! Cada día nos inundan cientos de mensajes publicitarios con tantas cosas de las que aparentemente tendríamos necesidad para que nuestra vida tenga éxito y sea feliz. Ante tal cantidad de propuestas, invitaciones, llamadas, sueños… ¿qué es, en fin, lo verdaderamente importante?

 

El Evangelio de este domingo nos habla de un doctor de la ley que quiere enfrentar una situación similar a la nuestra. De entre todos los mandamientos y normas que se habían ido acumulando en el pueblo de Israel, ¿cuál es el precepto más importante?

 

En ocasiones, nosotros mismos podemos sentir que hay demasiadas cosas importantes en nuestra vida, porque todas ellas ocupan nuestra atención, nuestro tiempo, nuestras energías… y que todas están al mismo nivel. Y quizá podemos asemejarnos a aquel escriba, rodeados de estas cosas importantes, sin saber cuál es prioritaria, cuál hemos de poner en primer lugar, cuál es la que otorga todo su valor al resto. Y cuando miramos nuestra vida ante Dios, percibimos la necesidad de hallar una fórmula sencilla para ayudarnos a discernir lo realmente importante.

 

Ahora bien, no nos engañemos, tal discernimiento necesita tiempo: un tiempo cuidado, que tenga cabida en nuestro horario cotidiano, un espacio de escucha en el que podamos abrir nuestro corazón y preguntarle al Señor: «¿Maestro, qué es lo principal? ¿Qué es lo que realmente me pides?». En nuestro caso, no se tratará de poner a Dios a prueba, sino sencillamente de plantearnos la pregunta en su presencia para poder vivir según los criterios de Cristo. Necesitamos dar con la clave para vivir con la alegría propia del Evangelio y abrazar de corazón lo que para el Señor es más importante.

 

Tal como Jesús lo mostró, para Dios el amor tiene forma de cruz. Él nos mostró las dos dimensiones del amor: vertical y horizontal. Jesús asoció el mandamiento del amor a Dios con el mandamiento del amor al prójimo, y los presentó como inseparables: fidelidad a Dios y cuidado de los pobres y los emigrantes, de los huérfanos y viudas. Porque el verdadero amor, el de Dios, no se mira a sí mismo, sino que se vuelca —arrodillado si es preciso— hacia nuestra pobreza para redimirla y darle vida.

 

Recordemos aquellas palabras magistrales de Benedicto XVI: «“Hemos creído en el amor de Dios”: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 2).

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