3 de enero 2016

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EPIFANÍA DEL SEÑOR

“La Palabra vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,11-12).

En los Museos Vaticanos, en Roma, se conserva un precioso sarcófago de hacia el año 330 d.C., todo él decorado con escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento. En una de ellas encontramos una de las más antiguas y completas representaciones de la escena de la Epifanía: en el centro, en una alta sede con respaldo, la Virgen Madre tiene sobre sus rodillas al Niño Jesús. Detrás del respaldo y apoyando sus manos en él, aparece el “profeta” Balaam. Ante la Madre, las tres figuras de los Magos, vestidos con vestiduras orientales, ofrecen respetuosamente el oro, el incienso y la mirra. Sobre la cabeza del Niño, uno de los Magos indica tres puntos de luz, tres estrellas: la que Balaam ve levantarse de Jacob (Nm 24,17), la que indicó el camino a los Magos (Mt 2,9) y Jesús mismo, Estrella radiante de la mañana (Ap 22,16). El Niño que ha nacido es la nueva Luz de Dios.

La “Epifanía” de Jesús es el culmen de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento: Él es el Mesías de Israel, esperado por los Patriarcas, anunciado por los profetas, deseado por los pobres de Yahveh. Él vino, Palabra de Dios encarnada, para colmar las esperanzas de Israel, para llevar a cumplimiento las promesas de salvación que el Dios eterno había hecho a su pueblo, para establecer la nueva y definitiva Alianza entre el Cielo y la tierra.

Al cumplirse la plenitud de los tiempos, vino como Luz de Luz, de la Luz eterna de Dios, Luz que ilumina a todos los hombres para que no caminen en tinieblas. Pero las tinieblas han opuesto siempre resistencia a la luz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Herodes y Jerusalén, los “suyos”, rechazan al Mesías-Niño de Belén; los Magos lo reconocen y lo adoran, y así reciben las promesas que se habían hecho a los Padres: llegan a ser Hijos de Dios.

Nosotros estamos llamados a ser, por la fe, herederos de los Magos, no de Herodes. A acoger en nuestras vidas esta Luz de Dios, dejar que disipe todas las tinieblas de nuestro corazón y nos conceda el poder ser, de verdad, hijos de Dios.


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