30 abril 2017

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LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA

 

 

 

Cristo, el Resucitado, camina a nuestro lado. Más allá de nuestros momentos de duda o desconfianza, de manera inesperada Él se hace presente y abre nuestro entendimiento. Entonces percibimos que su presencia nunca nos había abandonado, éramos nosotros que nos habíamos dado la vuelta en el camino.

No despreciemos nuestros momentos de fracaso. No desechemos tampoco lo que de sufrimiento hay en nuestra vida. Difícilmente tendríamos acceso a comprender algo de la resurrección del Señor. Él viene a colmar nuestra sed de reconciliación, de alegría, de paz. Él alienta en nosotros una llama de amor que, aunque al comienzo sea débil, es capaz de encender los corazones de los hombres. Se abre así un camino de paz para la familia humana.

Cuando el Resucitado camina a nuestro lado, suavemente sabe cómo tocar nuestra herida. Entonces, un ardor nuevo brota en nuestro corazón, nuestra vida entera recobra su fuerza (Sal 15,9). ¿Sabremos alumbrar esta esperanza en aquellos que se acercan a nosotros? Incluso aquellos que han experimentado el abandono humano pueden volverse portadores de paz. Ellos son capaces de emprender el camino que conduce a la verdadera alegría.

Una vez resucitado, Cristo quiso dar prueba de que seguía al lado de los discípulos, no los dejaba solos. Aunque su imagen no sea perceptible a la vista de nuestros ojos, su presencia sigue viva en medio de la comunidad. En la eucaristía, Cristo sigue colmando en nosotros la sed de una comunión con Dios. ¿Seremos nosotros los que le dejaremos pasar de largo? Nuestra oración insistente le pide día y noche que se quede con nosotros.

Una simple palabra puede ser suficiente para atraer el corazón de Dios sobre nuestra vida. Podemos decirle: «¡Señor, quédate con nosotros!». Él está deseando partir el pan y comer a la mesa con aquel que le abre la puerta (Ap 3,20). Y brotan en nosotros las fuentes de la alegría, una alegría que no termina nunca.

Espíritu Santo, Espíritu del Resucitado, tu amor en nosotros nunca nos abandona. Aunque a veces nos dejemos llevar por las dudas, tú alientas en nosotros la llama del Evangelio, y esa llama nos basta para seguir avanzando. •

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