31 de enero 2016

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¿NO ES ÉSTE EL HIJO DE JOSÉ?

El Evangelio de este domingo nos pone ante una pregunta que, bajo diferentes formulaciones, nos hemos ido encontrando numerosas veces en nuestras liturgias de los domingos: ¿quién es Jesús?

Unas veces es el mismo Señor el que hace la pregunta a sus discípulos: “¿quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. Otras veces son los discípulos quienes se lo preguntan, llenos de asombro: “¿quién es éste al que hasta el mar y el viento obedecen?”. O bien los discípulos de Juan Bautista: “¿qué dices de ti mismo?”. Y puede que hasta sea la gente en general o sus enemigos quienes se interroguen, como en el caso de hoy: “¿no es éste el hijo de José?”.

Porque la persona de Jesús no deja indiferente, suscita admiración o enemistad, pero siempre llama a tomar postura frente a Él.

Los habitantes de Nazaret optaron por la solución más fácil: ¿no es éste el hijo de José? ¿No conocemos a toda su familia? ¿No es uno de los “nuestros”, uno como nosotros? ¿Qué va a tener de especial este hombre? Y no se esfuerzan por ir más allá de las apariencias, de lo “ya conocido”.

También nosotros estamos tentados, muchas veces, de seguir ese mismo camino ya trillado, de responder a la cuestión fundamental de la fe con fórmulas estereotipadas, con frases hechas o recetas preconfeccionadas, casi siempre insuficientes, porque no afectan a la integridad de nuestra persona, sino que se quedan en la pura superficialidad. También nosotros corremos el peligro de no dejar que el Señor nos sorprenda con la novedad de su Palabra, porque ya le conocemos o creemos conocerle.

Y sin embargo Él nos invita a adoptar siempre la actitud del niño, que abre los ojos maravillados a la novedad, que está siempre dispuesto a acogerla como un nuevo motivo de fiesta. Jesús se presenta ante nuestras vidas con una perenne carga de juventud, con una absoluta libertad y, por tanto, como alguien capaz de concedernos esa misma juventud interior y esa misma libertad. Lo único que nos pide, en cambio, es que estemos dispuestos a recibirle, que abramos la puerta de nuestra casa y cenemos con Él y Él con nosotros, que nos pongamos en marcha tras sus huellas, que hagamos nuestro su programa de vida, centrado, como nos dice hoy el Apóstol Pablo, en el amor, en la caridad.

Una caridad que resume en sí el amor a Dios y el amor servicial a los hermanos y hermanas, una caridad que es incluso más fuerte que la fe y que la esperanza, porque es un reflejo del mismo ser de Dios, que es amor.


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