5 febrero 2017

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SAL Y LUZ

Al leer el Evangelio de este domingo pienso en la gran responsabilidad que nos da Jesús a los cristianos y me viene a la memoria la Carta a Diogneto. Pertenece a la apologética cristiana y quizás escrita a finales del siglo II, es preciosa y con un mensaje que vale para todos los tiempos, dice así:

«Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos: como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio».

Cuando esto es así, estamos siendo para los hombres de nuestra sociedad la sal y la luz que Jesús nos pide que seamos. Sabemos que la sal servía en la época del Señor para más cosas de las que hoy necesitamos: al no haber frigoríficos, aguantaba también los alimentos, daba sabor y era necesaria para poder mantener la vida; si se volvía insípida, ya no servía para nada. La Luz alumbra: nosotros si somos coherentes con nuestra vida, con nuestros principios morales, con nuestra fe, seremos faros que ayudarán a otros a ver el camino. Jesús nos dice hoy dos cosas preciosas: somos sal y somos luz.


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