5 marzo 2017

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ATRAVESAR LOS DESIERTOS DE NUESTRO CORAZÓN

 

El desierto es uno de los lugares más inhóspitos que existen en la tierra. La vida sufre para abrirse paso en unas condiciones de extrema dureza. Adentrarse en el desierto supone exponer la propia vida ante un grave peligro. Además, en la época de Jesús existía la creencia de que el desierto era un lugar maldito, pues en él habitaban fuerzas y espíritus malignos.

Sin embargo, es a este escenario a donde el Espíritu conduce a Jesús. Y Cristo es capaz de atravesarlo porque Él es el portador de la humildad más profunda. El peligro y la tentación más grande no pueden hacer nada contra Él, porque Cristo vive con el corazón volcado sobre el Padre. Su respuesta ante el mal no viene de Él sino que brota de las palabras del Padre. Es el misterio de Dios un abismo de profunda humildad.

Con frecuencia, en nuestra vida nos vemos arrojados a soportar condiciones de dureza y desolación, nos sentimos perdidos, sin referencias, como en un desierto. Hay personas que se ven arrastradas a la dura prueba de la enfermedad, la supervivencia de su familia, las dudas sobre un futuro de cierta prosperidad. En ocasiones te preguntas: «¿Cómo seguir adelante, cuando todo parece que se presenta en contra?».

A veces, encontramos estas experiencias de desierto en lo profundo de nuestro corazón, lejos de las miradas de los demás y creemos caer en la angustia. Gemimos por dentro cuando nos vemos inmersos en un abismo de incomprensión. Sin embargo, es ahí donde comienza nuestra salvación. Dios no se complace en nuestra angustia. Somos llamados a la alegría desbordante de la Pascua, la alegría que nos viene del Amor humilde de Dios sobre nosotros.

En este tiempo de Cuaresma, nuestra tarea consiste en invocar sin cesar al Espíritu. Orar desde nuestra sencillez, desde nuestro corazón dolido y humillado. Él lo transformará en un corazón nuevo (Ez 36,26), volcado sobre el Padre (Mt 4,10). Él dispondrá nuestra vida para acoger el amor incondicional con el que Dios nos ama.

 

Espíritu Santo, tú habitas nuestros desiertos, tú nos ofreces un horizonte de esperanza y de paz, tú arrancas de nuestro corazón todo rastro de amargura. Tú aumentas en nosotros la confianza en que algún día florecerán nuestros desiertos.
(Is 41,17-20)


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