6 diciembre 2015. 2 Adviento

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¿EN DÓNDE ESTÁN LOS PROFETAS?

“Hubo un hombre llamado Juan”. En estos escuetos términos nos anuncia el Prólogo del Cuarto Evangelio la persona de Juan, el Bautista, el terrible profeta del Antiguo Testamento con un pie ya en el Nuevo. Y prosigue: “No era él la luz, sino testigo de la Luz”.

El texto del Evangelio de Lucas que leemos en este segundo domingo de Adviento del ciclo C aparece mucho más cargado, mucho más preciso; pone un gran cuidado en especificar el momento y el lugar: “En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea…”. Pero en realidad, bajo este ropaje detallista, se esconde igualmente una gran sobriedad: “Vino la Palabra de Dios sobre Juan”.

Porque la misión de Juan es la misión del profeta, la del centinela de la mañana y la del amigo del Esposo. Juan no se anuncia a sí mismo, sino que toda su predicación está orientada a Otro, a Aquél que ha de venir, que está ya a las puertas: por eso es urgente preparar sus caminos, allanar sus sendas, predisponer el corazón del pueblo a acoger la vista del Señor.

Por eso se impone, urgentemente, entrar por las sendas de la conversión: y conversión significa, en primer lugar, volver la mirada hacia Dios, apartarla de los ídolos que nos sojuzgan, renovar el corazón según el corazón de Dios, un corazón de carne, no ya de piedra, caminar en justicia y en verdad en presencia del Señor. No es, pues, solamente una actitud “interior”, sino que requiere, para ser auténtica, una decisión ética.

La palabra del profeta, que escucharemos el domingo siguiente, llama a esta dimensión religiosa y ética: “Producid frutos de sincera conversión”, “el que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene”, “no hagáis violencia a nadie”… Porque no es posible disociar la justicia de la misericordia, la verdad de la caridad. Y el reinado de Dios está llamado a implantarse, sí, en lo íntimo del corazón de los hombres, mas, de igual manera, en el ámbito público de las instituciones y de las relaciones humanas a todos sus niveles: familiares, laborales, políticas, económicas, ecológicas.

En los ricos, creativos años ’70 del siglo pasado, un cantautor religiosos, cristiano, se preguntaba: “¿En dónde están los profetas, que en otros tiempos nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar?”. Y se respondía a sí mismo, y nos respondía a nosotros: “En las ciudades, en los campos, entre nosotros están”. Solamente necesitamos abrir los ojos y los oídos para saber descubrirlos.


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