7 enero 2018

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«HEMOS VISTO SALIR SU ESTRELLA
Y VENIMOS A ADORARLO»

 

 

 

La Epifanía es el otro nombre que recibe la Navidad, el nombre que le dieron las iglesias orientales desde el principio. Si la Navidad, fiesta de origen latino, alude al nacimiento: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». Epifanía significa «manifestación». La primera manifestación es a los pastores: a los más pobres y alejados de la sociedad. La segunda a los magos extranjeros. Es decir que Dios nace para toda la humanidad, independientemente de su raza, o religión, sean de cerca o de lejos, judíos o gentiles, pastores o magos. Los magos son paganos. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».

 

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». ¿Dónde está ese rival extraño? Hay que acabar con el recién nacido. Los «sumos sacerdotes y letrados» saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

 

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Sólo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán. ¿Seremos epifanía o negación de Dios? ¿Seremos manifestación u obstáculo a su presencia? ¿Le daremos vida o lo aniquilaremos con nuestra timidez religiosa?

 

Ha sido bueno corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia. Pero, ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? Una ausencia casi total, sin haber ahondado más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá.

 

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces, brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño, y «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: ponen a su servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor. ¿Qué regalo espera Dios de nosotros? Dios acepta nuestra debilidad, lo que somos, incluido nuestro pecado y nuestras fragilidades, para rehabilitarnos y hacernos plenamente felices. Quiere que descarguemos ante él las pesadas cargas que nos impiden ser nosotros mismos.

 

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros?, ¿cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén?, ¿ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?, ¿estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia? En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén.¡Feliz Epifanía!

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