8 marzo 2015

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PREDICAMOS A CRISTO CRUCIFICADO

La potencia de Dios se manifiesta en medio de nosotros por los caminos que a Él placen; y, a veces, esta complacencia de Dios no coincide exactamente con la nuestra, o, incluso, la contradice.

Cuando en el siglo III d.C. un filósofo pagano se escandalizaba de que los cristianos adorasen a Jesús como Dios, lo que más hería su sensibilidad “humana” era, precisamente, esta no adecuación entre los criterios de Dios y los del “buen sentido”: ¿cómo podía ser Dios un ser tan débil, que había sido ejecutado como un malhechor y que, tras su presunta resurrección, se había dejado ver por unas mujeres, en vez de aparecerse con potencia a Pilato o a Herodes o al mismo Emperador Tiberio? ¿No era todo ello una pura insensatez, carente de cualquier atisbo de racionalidad?

Ya san Pablo debió enfrentarse a los mismos argumentos: “los judíos piden signos y los griegos sabiduría”; porque unos como otros se ponen ante el misterio con los ojos velados por la limitación humana. Pero la muerte de Jesús y su resurrección han rasgado el velo que ofuscaba nuestra visión, su muerte y su resurrección nos permiten comprender los caminos de Dios. Por eso puede decir el Apóstol: “nosotros predicamos a Cristo crucificado”, al Mesías aparentemente débil, que, en cambio es manifestación de la invencible fuerza de Dios, al Cristo aparentemente absurdo, que, sin embargo, es revelación de la infinita sabiduría de Dios.

Y, como dice Dios en su manifestación a Israel, “Él es Dios y no hay otro”. O, como nos recuerda san Pablo, “no se nos ha dado otro nombre en el que podamos salvarnos” más que el nombre de Jesús.

Cuando creemos de todo corazón que Dios es nuestro Dios, y que Jesús crucificado y resucitado es nuestra fuerza, entonces nada en este mundo se nos pone por delante; entonces no sentimos capaces de vivir la fe contracorriente, de poner amor allí donde hay odio, de crear unión allí donde reina la división, de suscitar paz allí donde domina la guerra, en una palabra, de ser anunciadores de vida allí donde impera la muerte y la cultura de muerte.


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