8 octubre 2017

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Nuestra Señora del Pilar

 

 

En todos los textos litúrgicos de la celebración de este día, domina la realidad de la presencia de María en la Iglesia y de la firmeza de su intercesión.

 

La primera lectura del libro de las Crónicas (1Cro 15) recuerda a la Virgen simbolizada por el arca de la alianza, presencia de Dios en medio de su pueblo, a través de María, lo cual es gozo para la Iglesia.

 

La segunda lectura (Hch  1,12) y el evangelio (Lc  11,27) nos hablan también de la presencia de la Virgen en la Iglesia y de las alabanzas que el pueblo le tributa.

 

El prefacio celebra las maravillas que Dios ha realizado en María, «esperanza de los fieles y gozo de todo nuestro pueblo». En la oración colecta se pide por intercesión de la Virgen «fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor», y en la oración de las ofrendas, se muestra el deseo de «permanecer firmes en la fe». El salmo pone en boca de María: «el Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado»; y el aleluya: «afianzó mis pies sobre la roca y me puso en la boca un cántico nuevo».

 

Alguno podría pensar que no deja ser una originalidad superflua lo de la columna. Se trata, por el contrario, de un símbolo que hace más hermoso aún y más explícito el mensaje de la aparición de la Virgen. Las columnas garantizan la solidez del edificio. Quebrantarlas es amenazar el edificio entero. La columna es la primera piedra del templo que edifica a su alrededor; es el eje de la construcción que liga entre si los diferentes niveles. María, después de Jesús, es la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; el pilar, con la firmeza de la columna-confianza da idea de la solidez del edificio-iglesia apoyado en la protección de María; y la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el Reino de Dios.

 

María se muestra al Apóstol cansado, como la columna firme, fuerte, segura, en la que él se puede apoyar a fin de no desfallecer. María es nuestro puerto seguro, refugio de pecadores, consuelo de afligidos. María es aquella en la que siempre que la miramos descubrimos la mano extendida para levantarnos de donde estamos caídos. Es la que nos ayuda a volver a empezar, la que nos recoge de todos los barros y lodos en los que nosotros mismos nos hemos torpemente introducido, la que cura nuestras heridas, la que nos vuelve a poner a tono en la disponibilidad de nuestras fuerzas».

 

En este domingo pidamos por intercesión de la Virgen, «fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor».

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